Thursday, October 12, 2006

[En un personalísimo afán por compartir lo propio y aprovechar las incisivas miradas de los caravaneros, subo al camión, if you'll excuse me, un fragmento de uno de los textos que leeré mañana en la tutoría. Much obliged.]

[Este es un encargo pedido por el tutor: una serie de crónicas de diferentes tipos de naufragios. Todo el encargo se llama "Episodios de trayectos interrumpidos", y aquí transcribo mi crónica del naufragio célebre de una fragata francesa, el Medusa.]


Episodios de trayectos interrumpidos

Como evento, el naufragio es una condición inseparable de cualquier esfuerzo por mudar de estado, por cambiar de ambiente. Cumplir el trayecto de un punto a otro sin eventualidades es tan somnoliento y olvidable como la inmediata y total satisfacción de un deseo. El quid de todo empeño está en la interrupción del trayecto y en la tensión que emerge y flota alrededor del relato. Si hay relato, algún testimonio habrá sobrevivido. Una versión habrá logrado remontar el trayecto y se ofrece a los sedentarios como prenda del infortunio colectivo. El testimonio es al naufragio, lo que el souvenir al turismo. A falta de una consolidada industria de la miniaturización, el relato es entonces, a un mismo tiempo, fotografía instantánea, llavero y figura de lladró para tener cerca la prueba de nuestra episódica fatalidad.

Celebridades: Medusa

Se antojaba como una ceremonia que simularía las pomposidades que la cortesanía de principios del siglo XIX había hecho regla; en juego estaba una colonia africana que los ingleses otorgarían al los franceses como parte del fin de las guerras napoleónicas. La cita era a mediados de julio de 1816 en St. Louis, en la costa del continente africano. Cuatro naves salieron de territorio francés, abordo del Medusa iban los notables: el futuro comandante en jefe y gobernador de Senegal, el coronel Julien-Desiré Schmaltz y el capitán de Chaumereys. Impaciente el primero, incompetente el segundo, hicieron avanzar al Medusa por delante de las demás y emprendieron el viaje en solitario. Sin conocer la ruta, pero perfectamente conciente de su poder, el coronel Schmaltz exige un camino aún más rápido. Presto a corresponder los favores por los cuales había sido convertido en capitán de fragata, de Chaumereys cambia el curso y encalla en un célebre arrecife –ahora decretado parque nacional y patrimonio de la humanidad– ¬el banco de Arguin.

Como en otros naufragios, el mudo código de salvación ante el desastre exige consideraciones de clase que tenían que ser observadas acuciosamente. Seis botes salvavidas acomodaron a los salvables por obligación. Los 150 restantes, soldados extranjeros y parte de la tripulación de base, fueron subidos en una balsa improvisada, construida con retacería de mástiles y maderos. El plan: los seis botes salvavidas remolcarían la balsa –sin remos, mástiles, ni manera de controlar su movimiento– las cinco millas que los separaban de la costa. Ciento cincuenta personas en una balsa de veinte metros por siete, al comenzar el movimiento, se hunden hasta la cintura; al agua van la mayor parte de las provisiones.

“Nous les abandonnons!”, escucharon los de la balsa, e instantes después las líneas que los unían a los botes fueron soltadas –los relatos no son claros en cuanto a qué bote corto primero la cuerda, si el del capitán o el del futuro gobernador. Y es que cuándo se ha visto, que sean los que componen el ápice más selecto de la pirámide social quienes carguen con la ociosa clica de inferiores. Cortadas las líneas, los tripulantes de la balsa acceden al espacio del abandono total. Sin provisiones, sin manera de orientarse ni de moverse, el espectáculo del horror comienza. Para mantenerse vivos, los balseros reconocen que los humanismos son un lastre tan pesado como los barriles de provisiones que los hundían. Se amotinan contra el desorden, imponen la tajante jerarquía de los más fuertes, de los menos escrupulosos. Al agua van los enfermos, los timoratos y los indeseables. Los muertos se mastican crudos, como el accidental pez volador que cae a la balsa. Hora tras hora, los actos van componiendo la distopía del gobierno entre iguales.

Quince días después, 135 individuos no lograron imponer su voluntad sobre el caos. El caos, esa expresión común del desamparo, eligió únicamente a quince para ser rescatados por el Argus, una de las cuatro naves rezagadas, y para contar la historia del abandono oficial. A pesar del esfuerzo por mantener oculto el escándalo, el hervidero político en el que estaba sumida Francia canoniza en el retablo secular a los abandonados y escupe a la cara del gobernador y los oficiales. En 1819, cinco años antes de morir de tuberculosis espinal, Théodore Géricault completa su cuadro Le radeau de la Méduse. De entre todas las instancias que pudo haber elegido, Géricault descarta el carnaval y presenta a los náufragos al borde del rescate. Aún así, la imagen golpea y enmarca en un mismo espacio los pudores y las indignaciones: la burguesía palidecía ante el relato y se sonrojaba en la presentación del cuadro en el Salón Paris.

1 Comments:

Blogger Andrés said...

Me deja entusiasmado con la idea de buscar de entre los restos de la Historia a aquellos que nuncan alcanzan llegar a la orilla y que terminan, queriéndolo o no, a través de su tragedia, denunciando los horrores de la 'civilización'. ¿En últimas, se nos está hablando del naufragio excepcional de esos pocos que perecen en los mares, o del naufragio colectivo que nos agobia a los que estamos supuestamente a salvo?

11:46 PM  

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