Saturday, December 16, 2006

La palabra saturada de vacíos: la guerra y el lenguaje*
Azriel Bibliowicz, Profesor Asociado, Universidad Nacional de Colombia

Una de las tareas más importantes del escritor radica en buscar los sentidos recónditos que se esconden en las palabras y en lo posible renovar sus significados. Y son muchos los lenguajes que necesitan esta renovación frente a una realidad que a diario desgasta y ultraja las lenguas. Por cierto, vengo de Colombia, un país que demanda con urgencia este resarcir del idioma porque quizás sea uno de los lugares donde más se tergiversan las palabras y se pervierten sin compasión, ya que se lastiman a diario con la retórica del poder y la guerra.

Se ha vuelto una frase común que la primera víctima de toda guerra es la verdad. Y le corresponde a la literatura ser albacea del lenguaje y explorar voces novedosas y opciones para que las expresiones gastadas por las calumnias del poder y la guerra vuelvan a encontrar sus sentidos primordiales. Ante la violencia indiscriminada y la guerra fratricida que nos envuelve, la lengua termina por ser una de sus víctimas.

El filósofo francés Jean Améry, que pasó la Segunda Guerra Mundial en el campo de concentración de Auschwitz, nos dice: “La palabra siempre muere cuando se impone una realidad total. Murió para nosotros por largo tiempo. Y ni siquiera nos quedó la sensación de que lamentábamos su partida”.

Son muchas las palabras lastimadas y que resultan empañadas por la guerra en Colombia. Y a pesar de no ser el momento para elaborar una lista y analizar con ustedes cuáles han perdido ya su intensidad, quiero darles un ejemplo y referirme a la palabra paz, ya que es tal vez la más trillada, la más pronunciada y vilipendiada al pasar de boca en boca por cada uno de los políticos de turno. La palabra paz sufre la desgracia de usarse como sinónimo de guerra: se nos repite a diario que la guerra es la paz. Y, si nos detenemos a pensar, no hay mayor sinsentido o absurdo. También se repite en Colombia, y en muchos lugares del mundo, que la paz es sinónimo de justicia y que no importan las injusticias que se hayan cometido, si al final alcanzamos este noble propósito, como si la injusticia no sembrara a su vez la violencia del mañana.

En Colombia, y creo que también es una experiencia que actualmente se vive en los Estados Unidos, la guerra se niega o se esconde. En Co­lombia estamos sumidos en un conflicto armado interno cuya existencia el gobierno simplemente desconoce a pe­sar de que se combate a diario con una estrategia de guerra denominada: “Plan Patriota”.

En fin, ante el desgaste y los contrasentidos que padecen las palabras, y en particular la pobre paz, sólo se termina por desearle que descanse en paz, mientras encontramos otra mejor o que la realidad logre conferirle su verdadero significado.

Son muchas las voces laceradas por su empleo vacuo y embustero. Muchos son indiferentes a los ultrajes del idioma o a que éste se lastime y termine por ser víctima de eufemismos que suplantan e infectan sus sentidos. De ahí que la responsabilidad del escritor frente al lenguaje, en nuestra sociedad, sea cada vez mayor, ya que está obligado a forjar una conciencia y reencontrar los sentidos extraviados de las palabras. Y el primer paso se da cuando no se le hacen concesiones ni venias al poder. Como bien lo afirmó Albert Camus: “El escritor no puede estar al servicio de aquellos que forjan la historia, sino de los que la padecen”. Y quizás sea ésta la actitud que señala el rumbo que le permite al escritor cumplir con el compromiso fundamental de su oficio: revitalizar la palabra.

El escritor debe estar al lado de aquellos a quienes no se los quiere escuchar. Y no porque no tengan voz, sino porque se los silencia con los altoparlantes del poder (dicho sea de paso, los primeros que hicieron uso de este horrible aparato fueron los nazis, y no creo que fuera una casualidad).

La literatura colombiana, y creo que la de muchos lugares del mundo actual, se enfrenta al reto de proveer un nuevo hálito a su idioma mancillado por la retórica de clases dirigentes descarnadas e insensibles. Les decía que en Colombia el gobierno ni siquiera es capaz de admitir que el país está sumido en una guerra civil, una lucha por tierras, por el dominio de unas regiones, que padece hace más de cincuenta años. Esta guerra se esconde bajo el nebuloso calificativo de “la violencia” y ahora, gracias a la situación mundial, se le confiere una nueva vuelta a la tuerca, calificándola con el brumoso término de “terro­rismo”. Las palabras oscuras encubren realidades y son peligrosas. Además, no son casuales, y no hay término en nuestros días que oculte más realidades y que distorsione los hechos como el de “terrorismo”, cuyo significado a diario se nos escapa y resulta cada vez más impreciso, am­biguo y turbio. Pero regre­semos al caso colombiano, ya que vive empecinado en negar su compleja realidad estructural. Por ello, el papel que asumen la poesía y la literatura en mostrarnos el lado oculto, aquello que no se quiere decir o el absurdo que subyace en la realidad, termina por ser vital y fun­damental para la sociedad. La literatura, en la verdad de sus mentiras, despoja de sus velos al lenguaje y busca que las palabras puedan dar­le una vuelta al espíritu, esa vuelta que el arte fomenta para ayudarnos a hallar los caminos que nos permiten encontrarnos con nosotros mismos. Esa vuelta que, en últimas, es una especie de retorno al hogar.

El poeta Paul Celan usaba la palabra atemwende para describir ese giro del aliento, para referirse a ese cambio de ruta. La poesía o la prosa —que también puede ser poética— intentan que el lenguaje encuentre los sentidos que la alivian y la curen de los atropellos a que la someten las pretensiones del poder en cualquiera de sus formas. De ahí que el humor también resulte un instrumento fundamental para la literatura al burlarse y distanciarse del poder. El compromiso con la escritura es, ante todo, un pacto con la palabra y sus caminos de revitalización.

Susan Sontag hace un par de años vino a la Feria del Libro de Bogotá y en una disertación lúcida señaló que la justicia y la verdad no siempre iban de la mano. Decía la Sontag, con toda sinceridad, que lo ideal era que caminaran juntas, pero no siempre era así. Y que cuando surgía la dicotomía, el escritor estaba obligado a escoger y le correspondía aliarse con la verdad. Nos recordaba que la responsabilidad del escritor está con la verdad, y quizás por eso mismo el artista termina por ser un especialista del descontento. Su descontento marca el reconocimiento de la crisis en que vivimos y sus palabras deben resonar de tal forma que inspiren a otros.
Y reflexionando sobre la justicia se me viene a la cabeza una máxima mordaz del poeta Paul Celan. Él afirmaba: “Es inútil hablar de justicia hasta que el más grande de los barcos de guerra no se haya estrellado contra la frente de un ahogado”.

Sin duda, la guerra genera una realidad total que afecta el lenguaje y determina los países y sus literaturas. Algunos críticos han afirmado que el español, como idioma, fue una de las víctimas de la propaganda y la retórica de la Guerra Civil Española. Afirman que fue gracias al boom de los escritores latinoamericanos, durante las décadas de los cincuenta y los sesenta, que el idioma se vigorizó. La búsqueda de la identidad, el reconocimiento del crisol social latinoamericano le confirió al español como lenguaje diversas posibilidades, distintos sabores, otros aires. Fue en este continente donde el idioma, frente a las perplejidades de los escritores del Nuevo Mundo, halló ese giro, ese hálito del que nos habla Celan.

Y Paul Celan, como poeta, sabía lo que significaba un idioma mancillado, porque después de la Segunda Guerra Mundial, el alemán fue uno de los más agraviados. La propaganda nazi manipuló la lengua de Schiller y Goethe, y este poeta fue quien supo conferirle ese atemwende. Nadie como Celan comprendió cómo el lenguaje es sensible a lastimarse. Y tal vez lo entendió en toda su dimensión porque cuando lo perdió todo, cuando la guerra lo despojó de toda pertenencia, lo único que le quedaba, a pesar de las ausencias, era el lenguaje. El alemán, el idioma de sus verdugos, el lenguaje que se había anquilosado con los eslóganes y los clichés de los discursos del Tercer Reich, también era el suyo. Y aun cuando Celan hablaba varios idiomas —entre ­­­­­ellos francés, rumano, ruso e inglés, porque fue un reconocido traductor de poetas como Osip Mandelstam, Apollinaire, Shakespeare y Emily Dickinson—, se aferró al alemán, el idioma de sus victimarios, que también era su lengua, y lo único que no podían quitarle los perseguidores. El alemán en sus manos y ante su experiencia se transformó, como lo explica el poeta turco Zafer enocak en una lengua sin tierra.

Celan nació en 1920 en Czernowitz, Rumania, cuan­do ésta pertenecía al Imperio Austro-Húngaro. Sus padres eran judíos alemanes y cre­ció hablando dicho idioma. Como decía, durante la gue­rra, Celan lo perdió todo. Su madre murió en un campo de exterminio y él tuvo que sobrevivir en un campo de trabajo. Lo único que le que­daba de la cultura con la que había crecido era su lenguaje. El mismo lenguaje con que se forjó una gran tradición literaria y que también era la lengua con la cual se formu­ laron las grandes preguntas de la filosofía occidental. Fue el lenguaje en el que surgió el idealismo alemán, que de acuerdo con el filósofo Franz Rosenzweig, marcó la crisis del pensamiento occidental y desembocó en las dos guerras mundiales.

La Primera Guerra Mundial no fue una casualidad ni tampoco una equivocación, como bien lo explica Rosenzweig en su libro La Estrella de la Redención, sino el resultado de una visión del ser, de una metafísica. Los campos de batalla de esta conflagración mundial no marcaron solamente el fin de un viejo orden político, sino también la ruina de toda una civilización fundada desde los griegos en la creencia de la capacidad del Logos para poner a la luz la racionalidad última de lo real. Para Rosenzweig, de acuerdo con Stephen Mosès, la aventura filosófica de occidente, o como irónicamente la denominó Rosenzweig “de Jonia a Jena”, se resume en la afirmación de que el mundo es inteligible y al fin de cuentas transparente a la Razón, y que el hombre mismo no adquiere su dignidad sino en la medida en que forma parte de dicho orden racional. Pero Rosenzweig fue testigo, en las propias trincheras de la Primera Guerra Mundial, de cómo estos presupuestos entraron en crisis, se quebraron y se fueron al traste. Ante el espectáculo de la carnicería sin sentido de las naciones europeas, el sujeto autónomo en un mundo regulado por la Razón se convirtió, bajo la lógica asesina instaurada por la guerra, en un simple objeto de la historia. El hombre se transformó en un número, un ser sin rostro, arrastrado, a su pesar, con miles de otros, al torbellino de las batallas.

Fue, entonces, una construcción filosófica de la realidad, como explica Emmanuel Levinas, lo que nos encaminó hacia la guerra. El conflicto de los nacionalismos desembocó en a la Primera Guerra Mundial y le cedió su lugar a las ideologías o, más exactamente en el caso del nacional-socialismo, a la puesta en práctica planificada de una ideología dirigida al exterminio de poblaciones enteras y ante todo al pueblo judío. Como señala Levinas, la guerra no fue, por consiguiente, una equivocación sino la consecuencia lógica de una elaboración filosófica, de una ontología que también nos guió hacia el conflicto. La Segunda Guerra Mundial significó el desplome de la idea misma de humanidad tal y como Europa la había concebido. Ahora bien, de acuerdo con Levinas no hemos cambiado de mirada ni esa visión de Totalidad que nos condujo a la crisis. No hemos transformado nuestra óptica sobre la realidad ni sobre la ética que debería regirnos. Sigue imperando una concepción de Totalidad que domina la mirada y filosofía de occidente. En su libro Totalidad e infinito Levinas nos dice que necesitamos cambiar de óptica y rehabilitar el punto de vista de la subjetividad provista de una inteligibilidad distinta que presenta una apertura hacia el lenguaje, una visión escatológica que rompa con la totalidad de la guerra y los imperios, en los cuales no se habla. Hay que ir hacia y encontrar al Otro, porque sin la apertura hacia el Otro no hay discurso ni un nuevo lenguaje. La paz, nos dice Levinas, es el producto de esta aptitud hacia el lenguaje.

Jean-Paul Sartre, en su autobiografía Las palabras, confiesa que demoró treinta años para quitarse de encima la tradición filosófica del idealismo y su visión de totalidad.

Jean Améry, el gran filósofo francés al que le tocó padecer las torturas de Auschwitz, nos cuenta que no le tomó tanto tiempo. Le bastó ser víctima de la barbarie para que esta visión del mundo entrara en crisis en pocas semanas.

Ahora bien, de acuerdo con Celan, fue ese mismo lenguaje, el lenguaje de los intelectuales, de los grandes filósofos alemanes, el que se encontró ante la falta de res puestas que dejó Auschwitz.

Fue ese mismo lenguaje el que, a través de un terrible enmudecimiento, tuvo que pasar por las mil y una tinieblas del discurso asesino. Fue ese mismo lenguaje el que atravesó a Celan y éste nos dice que no tuvo palabras para expresar lo que experimentó. Pero como bien señala el poeta enocak hemos afirmado que Celan es el poeta del silencio. Pero a aquel que guarda silencio no se lo puede escuchar. Celan, nos dice este escritor turco, más que un poeta del silencio es el bardo de la desaparición, de aquello que ha desaparecido, que no se puede expresar, pero que existe. La poesía de Celan camina sobre el filo de la navaja entre el acto de desaparecer y el haber desaparecido, de ahí que sus resonancias nos lleguen con tanta intensidad.

Según el escritor Maurice Blanchot, Celan lleva las palabras a su extrema tensión, concentración, necesidad de sostener, llevando una hacia otra, en unión de lo que no hace unión, palabras asociadas, unidas para algo mas allá de su significado, simplemente orientadas hacia…

Sus poemas, que generalmente son breves, hablan en frases y términos que, de acuerdo con Blanchot: “parecen cargadas de ritmos de indefinida brevedad, rodeados por blancos, espacios en blanco que detienen, que generan silencios, silencios que no son pausas o intervalos que permiten respirar cuando se leen, sino blancos que forman parte del mismo rigor, que permite aliviar un rigor no verbal y que no se esperaría que tuvieran un significado. Es como si el vacío fuera antes que una falta, una saturación, un vacío saturado con vacío”.

Para Celan el hombre no sólo se consume en las cadenas de la vida exterior, sino también está amordazado y por ello no puede hablar. Cuando Celan habla de lenguaje se refiere a todas las esferas de los medios de expresión humana porque las palabras también están en los gestos, movimientos y vacíos.

En su texto Edgar Jene y el Sueño del Sueño Celan asegura que: “La mas falaz de las afirmaciones es que las palabras, en el fondo, siguen siendo las mismas.” En dicho texto de Celan, basado en una conversación ficticia entre un amigo y su álter ego, que tiene lugar en lo profundo del mar, el poeta-narrador busca comprender cómo el lenguaje poético se puede renovar en tiempos aciagos cuando cae víctima de los abusos y desusos, abandonos y escorias de la guerra. En el diálogo, el interlocutor anuncia su intento revolucionario de limpiar el lenguaje de las artimañas y siglos de viejas mentiras. Ve a los humanos languideciendo con las cadenas de la realidad y entrampados. Por ello, no pueden hablar. Así pues, su meta es recobrar el lenguaje originario con el fin de liberar a la humanidad petrificada por sinceridades distorsionadas y que lo que demanda el lenguaje es un retorno a una ingenuidad incondicional, a una visión originaria, a una mirada primordial.

El interlocutor del diálogo en esta obra de Celan nos cuenta de qué manera las huellas o trazos del lenguaje primordial se presentan como parte de una paisaje de opuestos relacionados y al cual se debe regresar al cubrir y descubrir, al revelar y develar, las funciones de la verdad. También en algunos pasajes nos describe con gran imaginación como el juego de este lenguaje primordial y sus elementos le llegan a poeta, en un encuentro, en un choque, en una colisión que genera luz. De ahí que surjan también en el texto términos como: “la chispa de lo milagroso”, “un nuevo brillo, más allá de las representaciones del pensamiento despierto”. Nos dice también el poeta que: “Su luz no es la luz del día y está habitada de figuras que no reconozco, sino que conozco en una visión primordial”.

Celan nos cuenta en su discurso Meridian que el lenguaje lo cruzó, lo recorrió y pudo volver a la luz del día “enriquecido” por lo que había experimentado.

La palabra experiencia es curiosa y tal vez valga la pena detenerse por un instante en su etimología. Viene del latín experiri, “comprobar, intentar, demostrar”. La raíz de periri, también se puede encontrar en peric lum, “peligro, riesgo”. La raíz indoeuropea es per y está relacionada con el conceptos de cruzar, recorrer. Por consiguiente, la experiencia es algo que cruza, recorre y que no se puede separar de los riesgos y peligros que conlleva.

Para Celan, el lenguaje, producto de la experiencia, siempre cruza, está en camino, en busca de algo inmaterial, pero terrenal, terrestre, algo circular, que vuelve sobre sí mismo a través de ambos polos y a la vez atraviesa incluso sobre los tropos y los trópicos. En otras palabras, un meridiano. La lengua es como un meridiano. Pero, entonces, ¿cuál camino tomar? El propio poeta nos responde dudando. Dice que cuando hablamos de esta manera, estamos siempre preguntando por su “de dónde” y su “hacia dónde”, y son preguntas que quedan abiertas, que no llegan nunca a su fin, que apuntan hacia un espacio abierto, vacío y libre; y estamos afuera, lejos. Por ello, para el poeta todo poema busca también ese lugar indescifrable.

Celan, con su experiencia y mirada, sin duda revitalizó el alemán y lo puso a tartamudear, demostrando que ante su recorrido éste no podía sino dudar, trastabillar de aquí en adelante. Celan como poeta dejó su huella sobre el alemán para siempre.

En una encuesta de la librería Flinker de Paris le preguntaron cómo veía la lengua con que escribía. Y Celan contestó:

Va por otros caminos que la francesa. Con la más lúgubre memoria, con las más cuestionables circunstancias alrededor, a pesar de tener presente la tradición a la que pertenece, ya no se puede hablar el lenguaje que un oído propenso todavía parece esperar de ella. Su lenguaje se ha vuelto más sobrio, más objetivo, desconfía de “lo bello”, intenta ser veraz. Es, pues, si me permite usar una palabra del campo de lo visual, no perdiendo de vista lo polícromo de lo aparentemente actual, un lenguaje “más gris”, un lenguaje que entre otras cosas también quiere saber su musicalidad asentada en un lugar donde nada tenga en común con aquella “armonía” que, más o menos indiferente, aun consonaba y asonaba con lo más espantoso.

Lo que le interesa a este lenguaje es la precisión, aparte de toda la indispensable variedad de la expresión. No transfigura, no “poetiza”, nombra y denota, intenta medir el campo de lo dado y de lo posible.

Ahora bien, Celan, nos dice que evidentemente no actúa el lenguaje mismo, el lenguaje sin más, sino a través de un yo, el yo del poeta, que depende de su experiencia, que orienta su perfil. La realidad no está dada, sino que exige que se la busque y reelabore.

La experiencia y el testimonio frente a la barbarie obligan a confrontar su olvido. De ahí que escritores como Jean Améry, Paul Celan, Primo Levi o Imre Kertész, que vivieron esa extrema y singular experiencia de la guerra y del holocausto, consideraron una obligación darle la cara, mirarla de frente, reflexionar sobre ella para combatir su olvido. A Améry le tomó dos décadas poder escribir sobre dicha horripilante realidad. Fue su pensar y repensar la atroz experiencia, y su lucha por encontrar el lenguaje para narrarla, lo que lo llevó a componer unos textos tan profundos, tan bellos y atormentados. Después de escribir lo que necesitaba escribir, se suicidó.
Primo Levi, nos dejó unos textos desgarradores en donde sentimos que la guerra suspende la moralidad. Este gran escritor italiano terminó suicidándose. Y por último Celan quién también acabó quitándose la vida.

Entre las ironías de la historia podemos afirmar que parte de la tragedia de Auschwitz radica en que las víctimas terminaran sin poder soportar la vergüenza de lo sucedido, antes que sus victimarios.

No debe sorprendernos que sea la experiencia frente al sufrimiento lo primero que cuestiona el poder. El escritor Imre Kertész, hablando de las sociedades totalitarias y de la ideología, sostiene que frente a ellas sólo se opone la experiencia humana, de tal modo que la primera medida siempre será intentar desconocerla.

La experiencia no hace más que perturbar el aparato ideológico, porque es aquello que siempre se le escapa de las manos y pone obstáculos inesperados a la realización de sus grandes objetivos. Para Kertész, la tarea del arte es oponerse al lenguaje de la ideología, recuperar la capacidad de la imaginación y recordarle al hombre su origen, su verdadera situación y destino humano. La opción del arte sólo puede ser radical. Si el escritor toma en serio su oficio, debe buscar las fuentes de su productividad en la negatividad, en el sufrimiento y en la identificación con quienes sufren.

Sin duda, necesitamos mirar de frente, verle la terrible cara a nuestra realidad, removerle las máscaras y confiar en el enigma de la literatura y su capacidad de revitalizar las palabras para que nuestros sueños vuelvan a ser posibles. La tragedia no está sólo en la pesadilla de la guerra en que estamos sumidos, sino en el empobrecimiento del lenguaje, que conduce al olvido y nos encamina a la noche carente de sueños.

*Texto tomado de UN Periódico, 10 de diciembre de 2006, No. 100, Bogotá, pp. 3-5. Disponible en: http://unperiodico.unal.edu.co/ediciones/100/03.html

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