Sunday, October 29, 2006


Ursúa: Un relato de la Conquista del Nuevo Reino de Granada
William Ospina, 2005, Ursúa, Bogotá, Alfaguara, 478 pp.


"Al final no triunfamos los humanos, al final sólo triunfa el relato, que nos recoge a todos y a todos nos levanta en su vuelo, para después brindarnos un pasto tan amargo, que recibimos como una limosna última la declinación y la muerte".

En 1543, con tan solo diecisiete años, Pedro de Ursúa, hijo principesco del Castillo de Ursúa, ante las historias asombrosas del nuevo mundo, abandona su lugar en las colinas doradas de Navarra, sus herencias y linaje, para buscar, como tantos otros lo harían, su destino en las tierras recién ‘descubiertas’ por la Corona, en busca de aventuras y riquezas pero también de guerras y barbarie.

De la mano de Ursúa, y a través de quien llegó a conocerlo de cerca e interesarse por él a tal punto de recoger sus pasos andados y narrarlos con exactitud y belleza, la primera novela del colombiano William Ospina nos sumerge en un mundo de selvas descomunales, de fondas de rufianes y gritos, de ciudades perdidas, destruidas y fundadas, de templos cristianos erigidos a punta de sangre y leyendas de oro que enloquecieron a miles y causaron la muerte de millones. El que nos cuenta la historia es un mestizo letrado, de madre indígena y padre español, quien llegó a ser discípulo de Oviedo y a la vez compañero de Orellana en su viaje por el Amazonas y posee esa doble conciencia de conquistado y conquistador. En un último intento de darle sentido a su vida, termina luchando contra el olvido al narrar la vida de Ursúa, de sus crueldades y sus pasiones.

Quizá, lo que Ospina logra al abordar desde la ficción la recreación de todo un período histórico tan importante como confuso es revelar las motivaciones, las contradicciones, las ambigüedades y complejidades intrínsecas de éste, que difícilmente salen a flote en los libros de historia cuya fidelidad a su estricta disciplina no les permite despegarse de los hechos. De pronto, por eso es que la novela se vuelve más contundente que la misma historia, o por lo menos más verosímil y más concebible. Ésta, nos da luces, por ejemplo, sobre los hombres que estuvieron allí, deseando indias desnudas por su color de piel, embriagados por el oro que los llevó a niveles insondables de violencia y corrupción. Así, nos deja ver con caras, carne y hueso, todo un episodio que por su monumental magnitud no ha sido fácil de palpar. De igual manera, la novela, cuando nos narra todo como un inmenso río que brota a borbotones, sin discriminar entre el rumor y el hecho, entre las exageraciones y las no exageraciones, entre si fue tal día o tal otro, en tal pueblo o tal otro, deja entrever la incertidumbre que acompaña a los hechos en el momento en el que éstos suceden.

Ahora, ¿por qué escoger a Ursúa y no a otro conquistador? ¿Acaso no hubo otros que consiguieron más riqueza, que descubrieron tesoros más increíbles? ¿Qué busca Ospina a la hora de decidirse por él? Ya lo dice el narrador en el último capítulo:

Todos vivimos prodigios y espantos, pero siempre he pensado que Ursúa es mejor imagen que los otros de lo que ha sido esta conquista. Su valentía, su belleza, su furia, esa manera de oscilar entre la codicia de las nuevas tierras y el odio por ellas, su crueldad ante los guerreros desnudos y su excitación ante las muchachas de cobre, su doble sed de oro y sangre, su imposibilidad de descansar, pero también su incapacidad de triunfar, que lo hacía buscar siempre más lejos, no poder detenerse en la satisfacción y en el goce, sino despertar cada día para nuevos delirios, todas esas cosas son como letras de una oscura desesperación.

Ya han pasado más de 500 años y aún la “otra historia” apenas si se cuenta. La incapacidad que tenemos de recobrar la Memoria Colectiva y de preferir mantener todo en el Olvido, parece ser un mal que nos acompaña aún hoy en día. Los intentos de desmaquillar la Historia me parecen valientes, corajudos. Ospina, arranca del olvido los cientos de pueblos que desaparecieron en menos de cinco décadas. Intenta darle a las cosas el nombre que tenían antes, describir el revolar de alcatraces, el génesis de los hombres en la tierra, el poder de los ríos y sus animales, etc. ¿No es éste, en últimas, uno de los fines de la literatura, rescatar de la Historia lo que ha quedado al margen, lo que se ha dejado a un lado?

Friday, October 27, 2006

Crónica de Sarajevo sitiada

A continuación presento dos textos que hacen parte del libro Diario de Guerra: Crónica de Sarajevo sitiada (1993, Bogotá, Arango Editores). Este, es una compilación de editoriales escritos por el jefe de redacción del diario Oslobodenje (Liberación), Zlatko Dizdarevic, quien, junto con otros periodistas de las diferentes nacionalidades de la ex-Yugoslavia, decidió permanecer en Sarajevo con el fin de narrar el horror de la guerra y mantener contra viento y marea la publicación del diario que terminó convirtiéndose en un símbolo de la resistencia sarajevina. Para Dizdarevic, quedarse en Sarajevo constituyó un “acto elemental de dignidad”, aunque hacerlo implicó estar bajo la constante amenaza de los snipers y de toda la lógica brutal de la purificación étnica.
Escritos desde la urgencia diaria y la supervivencia, estos textos comienzan el 25 de abril de 1992, día en que se inicia el ataque del ejército y de los paramilitares serbios contra las ciudades bosnias, y terminan con el editorial escrito el 5 de diciembre de 1992, después de 8 meses de asedio. Ante todo, estos textos son un grito de humanidad ante la barbarie humana y la indiferencia “humanitaria”. Las palabras de Dizdarevic, con toda razón, no guardan mesura a la hora de manifestar su repudio de la ONU, quien atestiguó la destrucción sistemática de Sarajevo y de toda Bosnia-Herzegovina, sin hacer absolutamente nada para evitarlo.


La torre amarilla
Julio 5, 1992

Durante estos noventa días de guerra en Bosnia Herzegovina y de sitio en Sarajevo, hemos visto de todo. Pero no lo que sucedió en nuestras narices, en el Nº 21 de la calle de los Donantes de Sangre, en Sarajevo… Estuvimos atentos a este acontecimiento que supera probablemente todos los desafíos imaginables dentro del orden internacional establecido, como un partido de fútbol, una película o un número de circo.

Unos veinte minutos de nutrido tiroteo contra un alto edificio residencial en el corazón de la ciudad. La manera de proceder en este día soleado de julio, a algunos centenares de kilómetros de Roma, de Venecia, de Florencia, de París, de Viena o de Atenas, convierte cualquier mención del orden internacional en algo superfluo. Esta vez el mundo policivo, que no reconoce en las guerras sino lo que ve, los hechos establecidos, registrados y probados, no podrá criticar nada. Las cámaras de televisión filmaron y difundieron las imágenes de los veinte minutos de bombardeo contra ese enorme edificio amarillo.

Los expertos militares ya saben que un “miembro de una de las partes en conflicto” (como no dejan de repetir los diferentes observadores de la agresión contra Bosnia Herzegovina, incluyendo a algunos valientes periodistas extranjeros) disparó en contra ese edificio con un cañón antiaéreo de cuarenta milímetros. También saben que hay cincuenta y seis agujeros (están impresos) en la fachada del edificio, sin contar los proyectiles que entraron a los apartamentos. Los inquilinos del edificio que quedaron con vida, símbolo del surrealismo de Sarajevo, también saben que entre el décimo y décimo octavo piso ningún apartamento se salvó.

Los tiros, los impactos y el humo ya se han visto mil veces en Sarajevo; pero la manera de proceder es nueva. El loco furioso sentado detrás del cañón hizo su “trabajo” de tal manera que cualquier interpretación que se haga es inútil. Empezó fríamente sus bodas de sangre disparando al comienzo un poco al azar y luego con una precisión diabólica. Comenzó por el piso dieciocho, descendiendo sistemáticamente piso por piso, ventana por ventana, apartamento por apartamento, pared por pared. Lo hacía con una sádica premeditación, dejándole apenas tiempo a la gente que se encontraba adentro de decirse que todo había terminado tal vez y que se habían salvado.

En este supuesto corazón de Europa, ese cañón de cuarenta milímetros sublimó completamente y sin pretensión imbécil todo lo que “esa gente” le quiere “decir” al resto del planeta: “Nosotros somos los que disparamos, ¿y qué? Vayan a entendérselas con su “cultura”, aquí se sabe quién es el dueño de la vida y de la muerte; uno, por los puntos de vista de ustedes y por sus resoluciones; dos, por sus Cascos Azules y demás; y tres, por todo lo que ustedes quieran permitir o no permitir”.

Cada uno de esos cincuenta y seis huecos en la fachada del edificio es también un hueco en el supuesto “orden de cosas” que creemos real. Es una prueba manifiesta de la victoria del Mal y de la impotencia del Bien, del triunfo del caos sobre el orden, de la derrota de lo humano frente a la bestialidad.

Cuando vemos producirse frente a nuestras narices lo que “no podría producirse en ninguna otra parte del mundo”, nos sentimos invadidos por un sentimiento de impotencia y de desamparo. El animal que está detrás del cañón se burla sádicamente y escoge con un placer infinito la ventana del apartamento donde asesinará a una, a dos, a cinco, poco importa cuántas personas.

¿Por qué creíamos que “en ninguna parte del mundo” podría suceder esto? Porque nos enseñaron a respetar un cierto orden de cosas. Si semejante acto es posible hoy, es porque este “orden de cosas” ha muerto en Sarajevo. Su entierro es uno de los más tristes del planeta en varios decenios; y no por el número de víctimas, sino por el número de ideales sepultados.

En fin, en la historia de la torre amarilla existe un punto sin importancia para el loco furioso, pero capital para nosotros: de entre un montón de ladrillos, de cemento, de vidrio y de metal, sacaron un bebé de diez días de nacido, sano y salvo: para que recordemos lo que se le contará sobre su décimo día de vida, para que haga con ello lo que bien le plazca. Eso, claro está, si el bebé no perece, a su turno, dentro del nuevo “orden” mundial.


El juego del absurdo
Julio 17, 1992

¿Cómo hablar de la “situación general” de Sarajevo en el día de la muerte de un amigo, de un colega, reportero gráfico y excelente profesional? ¿Y si además uno se entera de que en algún lugar, del otro lado del Miljacka (río que atraviesa a Sarajevo), en el “Sarajevo servio”, acaba de morir otro hombre del mismo periódico porque ya no tenía fuerzas para soportar el miedo y el hambre? ¿O si, con sus propios ojos, usted ve a un bebé de seis meses al cual unas horas antes le han amputado una pierna?
¿Cómo describir esta sensación de que el círculo se cierra cada vez más sobre uno, lenta pero inexorablemente? Asía nace la idea de que uno está metido dentro de una cola que va avanzando: cada quien va llegando a una ventanilla donde debe pagar por todo lo que le era inestimable: amor, felicidad, intimidad, fe en la gente, humanidad, confianza y generosidad.
Y en semejante día veo llegar a mi oficina – a la que llego todos los días bordeando una cerca tras la cual me espera un sniper – un periodista alemán seguido por un camarógrafo. Esta es su primera pregunta: “¿Cuál es su reacción frente a la declaración del general MacKenzie según la cual el pueblo de Sarajevo no está agradecido por los alimentos que los Cascos Azules les aseguran por medio del puente áereo?...”
En efecto, ¿por qué no estamos agradecidos (digo “nosotros” porque me cuento entre los ingratos), si es un hecho que las bodegas están realmente llenas de harina, de macarrones, de arroz? ¿De dónde provendrá este sentimiento de ingratitud, puesto que es cierto que ahora no contamos sino algunos niños muertos diariamente, mientras que antes eran muchos más? ¿No tenemos acaso la posibilidad de negociar la salida de la ciudad con los Cascos Azules, aportando una buena suma de dinero? ¿Acaso no les podemos comprar gasolina pagándoles bien? ¿O enterarnos gratuitamente, gracias a ellos, de que quienes asesinaron a mi amigo Salko Honda, el reportero, no serán castigados jamás?
Yo no le podía decir al reportero de la televisión alemana, quien además era bastante correcto, que yo más bien habría tenido deseos de aullar de rabia escuchando semejante pregunta, que yo no podría sino llorar de dolor ante la “muy importante información televisada” según la cual “la FORPRONU (fuerzas de protección de las Naciones Unidas) trajo a Sarajevo los aparatos con los que se podrá identificar la naturaleza y la procedencia de los tiros”. Lo que no puedo preguntarle a nadie es ¿qué pasó con ese bebé al que le amputaron una pierna? ¿Y con mi compañero Salko, quien un año antes de pensionarse se moría de pavor frente a los proyectiles… y que uno de ellos logró encontrarlo?
La situación se torna absurda: a pesar de todas nuestras esperanzas, aquí estamos, separados de nuestros seres queridos. Era absurdo pensar que alguien haría algo para ayudarnos, y no comprender que el general MacKenzie, quien se irá de Sarajevo, no vino sino para realizar otro chancuco de dinero, para ganarse otra estrella confeccionada con la sangre de los niños de Sarajevo y para regresar a sus lagos canadienses.
Pero precisamente debido a Salko Honda, quien murió con su cámara fotográfica en la mano; debido al pequeño Rade, que no soportó el hambre ni el miedo, a pesar de estar del buen lado; debido a mis hijos que están creciendo sin su padre, vamos a terminar dándonos la mano con el absurdo, para burlarnos, para equivocarnos, para esquivarnos y robarnos mutuamente. El absurdo y nosotros. En este mundo podrido hay tantas cosas patas arriba que hay que jugarse lo imposible: sólo en la carrera con el absurdo se puede encontrar un poco de sentido.
Aquí la gente es amargada, es decir honesta; si son honestos, están locos; y si están locos, tendrán que luchar contra el absurdo con la esperanza de tener una oportunidad de vencer. A esto hemos llegado.

Thursday, October 26, 2006


¿Para qué hay que leer literatura?
Por Darío Jaramillo Agudelo*. Fragmentos del texto pubicado en la revista literaria El Malpensante, Septiembre 16-Octubre 31 de 2006, No. 73, Bogotá.

1. ¿Por qué leer literatura? Tengo muchas dificultades para responder esa pregunta, es más, tengo dificultades con la pregunta misma. Ambas dificultades se relacionan con mi falta de objetividad con respecto al hábito de leer libros inútiles.
Para empezar, mi clasificación de los libros está muy lejana de la que se podría esperar de alguien que, dentro de su trabajo, es responsable de una red de bibliotecas. La primera gran división de los libros es entre libros útiles y libros inútiles.
Paradójicamente, a estas alturas de la tecnología, los libros útiles están destinados a desaparecer y los inútiles seguramente perdurarán en los estantes de las bibliotecas. No se crea que esta paradoja que presento como profecía es asunto del futuro. Ocurre ahora mismo. Ocurre cada vez en mayor proporción. La información útil, la de los manuales, desde la cartilla de cultivos hidropónicos al vademécum de veterinaria, desde el libro de crianza de vacunos hasta la bitácora del carpintero, desde los “como hacerlo” hasta los “paso a paso”, todo este universo que se amplía a ritmo exponencial, cada vez más está en medio magnético y tiende a desaparecer del papel. Mientras más especializado sea un asunto útil, menos gente está interesada en él, lo que hace irracional convertirlo en papel. Por otra parte, los instrumentos de búsqueda que brinda el medio magnético son mucho más flexibles y prestan una mayor utilidad.
Los libros inútiles, por el contrario, creo que están predestinados a perdurar en el formato de papel. Ray Bradbury dijo, según me informa la wikipedia, que uno se va a la cama sólo con una persona o con un libro. Es cierto. Uno no se lleva a la cama a la wikipedia. Pero sí una inútil novela, un libro de poemas, uno de esos livianos y profundos ensayos de Montaigne.

2. Lo primero que me he atrevido a hacer aquí es afirmar mi experiencia personal como criterio de mis dudas y de mis respuestas. Y esta es mi primera respuesta. Leo novelas y poemas y ensayos porque son inútiles. Los leo por esa razón y, de paso, niego cualquier utilidad práctica de ese tipo de lecturas, si bien, para contradecirme y continuar impávido, tendría que aclarar que esa costumbre tan inútil como leer novelas puede ser muy útil en ciertos momentos.
Hablo, no me cansaré de repetirlo, desde mi pasión por la lectura. Me gustaría que mi testimonio le sirviera a alguien que lo pueda necesitar, aunque si digo esto, también le estoy encontrando alguna utilidad adicional a algo cuya esencia, ufanamente, es la inutilidad.
Rápidamente me voy enredando en mi propia madeja de contradicciones sólo con el deliberado propósito de envolverlos a ustedes en la convicción que tengo acerca de la formidable y deliciosa utilidad de lo inútil. (Entre paréntesis, como mera digresión en la que no persistiré, también estoy convencido de la mucho más sombría inutilidad de lo útil.)
Pertenezco a una subespecie humana llamada lector compulsivo. En la historia figuran algunos creadores que tenían la misma característica. También hay muchos chiflados que la comparten. Y la mezcla de los anteriores, locos que son celebridades, como el más de ambas cosas, el más loco y el más célebre, don Quijote de la Mancha, encerrado entre sus libros que sustituyen la realidad.
Soy apasionado lector de literatura gracias a la confluencia de tres hechos con los que tropecé en mi primerísimo infancia y que se prolongaron en el tiempo: uno, no tuve hermanos ni hermanas; dos, vivíamos en el centro de Medellín, cuestión que me confinaba a la casa, y tres, en esa casa había libros. Muy rápidamente, aun antes de poderlos leer, descubrí que me gustaba mirar los libros, las fotos, las ilustraciones. Y aprendí a leer muy temprano, impulsado por mis ansias de poder leerlos. Mi padre fomentaba aquellos deseos llevando libros a la casa.

3. Creo que fue durante esas horas de domingo entero, en esas vacaciones que se extendían por semanas, que descubrí los dos placeres añadidos a la lectura propiamente dicha. El primero, el que más amo, el placer del silencio: inmerso en una novela, en un poema, el mundo exterior se borra, con todos sus ruidos. El segundo, que aniquilada a realidad de afuera también su tiempo desaparece, se reduce, se olvida, y el único tiempo válido es el tiempo en que transcurre la narración.
El silencio es un muy valioso y cada vez más escaso tesoro. Antes de la invención de los motores y de la radio, el silencio reinaba entre los hombres. Ahora está en extinción y quien lo necesita, como yo, como algunos otros que lo han probado, pueden conseguirlo metiéndose entre una narración que, ojalá, pertenezca a esa misma edad dorada del hombre, en la época en que reinaba el silencio. Sus autores estaban obligados con el lector, tenían el desafío de encantarlo, de no permitir que soltaran el libro. Se llamaban – y hubo más—Bocaccio y Chaucer, Fernando de Rojas y Cervantes, Swift y Quevedo, Rabelais y Defoe. Después vinieron otros, como Cortázar y Calvino, Cabrera Infante y Albert Camus, Canetti y Conrad, Cervantes y Cernuda, Carroll y Clarín, para no salirme de la C de Confucio, de Wilkie Collins y de Calderón.
El procedimiento es muy fácil: usted se embarca – el verbo es literal – en Ana Karenina o en Tom Jones y ellos le activan la cera en los oídos. Y usted, como Ulises, no tendrá la tentación del ruido de afuera, de las prisas del mundo, de los acosos de la realidad apresurada. Aquí todo irá por fuera del tiempo, aquí reinará un silencio tan sutil que se necesitará algún ruido para notar la imperceptible y gozosa existencia de un prolongado silencio.
Precisamente porque su lectura borra la mensura del tiempo según los relojes, la lectura de novelas o ensayos o poemas es útil en ocasiones en que es importante no darse cuenta de la lentitud de las horas. Gasto más tiempo escogiendo las lecturas de aeropuerto y del avión que empacando la maleta. La verdadera duración del vuelo depende del tiempo interior del texto que me acompaña. Los libros inútiles son útiles para alejarse del tiempo suspendido, de las esperas, de los vuelos largos. En estas ocasiones se corren riesgos, habla la experiencia, como aquella ocasión en que una maravillosa trama de Poe no me dejó oír el llamado a bordo. O esa otra, más vergonzosa, en que Thomas de Quincey me tenía envuelto en sus Memorias de los poetas de los lagos, y el avión que había llegado a tomar a tiempo se fue sin mí, sordo a los anuncios.

4. Tengo una memoria de corta duración. Olvido fácil. Creo que mi mala memoria es una de mis mejores cualidades, ya no digamos morales, sino también en otros aspectos de mi vida. Gracias a la debilidad de mis recuerdos olvidos con mucha prontitud los argumentos y, todavía más, las incidencias y recovecos de las historias. De los libros me quedan datos muy imprecisos y una sensación acerca de cuánto me gustó este o aquel título. Por supuesto, abandonado el oficio de reseñista, no tomo notas, no hago fichas, ni llevo un diario, y todas estas omisiones facilitan el objetivo de que la memoria flaquee, de que el texto se olvide.
Ese olvido me ha permitido volver a leer con pasión los libros que más me gustan. Hubo una época en que releía cada dos o tres años a Hammett y a Chandler. Y el goce, gracias a mi desmemoria, es el mismo o más, porque ya me permito hacer lecturas dirigidas, como la vez que perseguí, ociosamente a Dulcinea por todo el Quijote.
Precisamente el placer del relector olvidadizo reivindica la más evidente y deliciosa inutilidad de los libros de literatura. Como haciendo el amor, el placer de esta lectura es en tiempo presente, mientras se hace el amor con el libro que se lee. Luego sigue esperar el olvido para ponerlo en fila y volverlo a leer, y así hasta el infinito, hasta morir o quedarnos ciego, lo que primero ocurra.
*Poeta y novelista colombiano. Su último libro se titula Gatos.

Thursday, October 19, 2006

LOOK WHO'S COME FOR DINNER!!!

Saturday, October 14, 2006


Tremendo cocktail

Poema # 8

Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades. En mi, la personalidad es una especie de forunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad. Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C. ¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera! Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan. ¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo - me pregunto - todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora? El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues mís profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto... Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas. Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.

Oliverio Girondo, 1932, Espantapájaros

Thursday, October 12, 2006

[En un personalísimo afán por compartir lo propio y aprovechar las incisivas miradas de los caravaneros, subo al camión, if you'll excuse me, un fragmento de uno de los textos que leeré mañana en la tutoría. Much obliged.]

[Este es un encargo pedido por el tutor: una serie de crónicas de diferentes tipos de naufragios. Todo el encargo se llama "Episodios de trayectos interrumpidos", y aquí transcribo mi crónica del naufragio célebre de una fragata francesa, el Medusa.]


Episodios de trayectos interrumpidos

Como evento, el naufragio es una condición inseparable de cualquier esfuerzo por mudar de estado, por cambiar de ambiente. Cumplir el trayecto de un punto a otro sin eventualidades es tan somnoliento y olvidable como la inmediata y total satisfacción de un deseo. El quid de todo empeño está en la interrupción del trayecto y en la tensión que emerge y flota alrededor del relato. Si hay relato, algún testimonio habrá sobrevivido. Una versión habrá logrado remontar el trayecto y se ofrece a los sedentarios como prenda del infortunio colectivo. El testimonio es al naufragio, lo que el souvenir al turismo. A falta de una consolidada industria de la miniaturización, el relato es entonces, a un mismo tiempo, fotografía instantánea, llavero y figura de lladró para tener cerca la prueba de nuestra episódica fatalidad.

Celebridades: Medusa

Se antojaba como una ceremonia que simularía las pomposidades que la cortesanía de principios del siglo XIX había hecho regla; en juego estaba una colonia africana que los ingleses otorgarían al los franceses como parte del fin de las guerras napoleónicas. La cita era a mediados de julio de 1816 en St. Louis, en la costa del continente africano. Cuatro naves salieron de territorio francés, abordo del Medusa iban los notables: el futuro comandante en jefe y gobernador de Senegal, el coronel Julien-Desiré Schmaltz y el capitán de Chaumereys. Impaciente el primero, incompetente el segundo, hicieron avanzar al Medusa por delante de las demás y emprendieron el viaje en solitario. Sin conocer la ruta, pero perfectamente conciente de su poder, el coronel Schmaltz exige un camino aún más rápido. Presto a corresponder los favores por los cuales había sido convertido en capitán de fragata, de Chaumereys cambia el curso y encalla en un célebre arrecife –ahora decretado parque nacional y patrimonio de la humanidad– ¬el banco de Arguin.

Como en otros naufragios, el mudo código de salvación ante el desastre exige consideraciones de clase que tenían que ser observadas acuciosamente. Seis botes salvavidas acomodaron a los salvables por obligación. Los 150 restantes, soldados extranjeros y parte de la tripulación de base, fueron subidos en una balsa improvisada, construida con retacería de mástiles y maderos. El plan: los seis botes salvavidas remolcarían la balsa –sin remos, mástiles, ni manera de controlar su movimiento– las cinco millas que los separaban de la costa. Ciento cincuenta personas en una balsa de veinte metros por siete, al comenzar el movimiento, se hunden hasta la cintura; al agua van la mayor parte de las provisiones.

“Nous les abandonnons!”, escucharon los de la balsa, e instantes después las líneas que los unían a los botes fueron soltadas –los relatos no son claros en cuanto a qué bote corto primero la cuerda, si el del capitán o el del futuro gobernador. Y es que cuándo se ha visto, que sean los que componen el ápice más selecto de la pirámide social quienes carguen con la ociosa clica de inferiores. Cortadas las líneas, los tripulantes de la balsa acceden al espacio del abandono total. Sin provisiones, sin manera de orientarse ni de moverse, el espectáculo del horror comienza. Para mantenerse vivos, los balseros reconocen que los humanismos son un lastre tan pesado como los barriles de provisiones que los hundían. Se amotinan contra el desorden, imponen la tajante jerarquía de los más fuertes, de los menos escrupulosos. Al agua van los enfermos, los timoratos y los indeseables. Los muertos se mastican crudos, como el accidental pez volador que cae a la balsa. Hora tras hora, los actos van componiendo la distopía del gobierno entre iguales.

Quince días después, 135 individuos no lograron imponer su voluntad sobre el caos. El caos, esa expresión común del desamparo, eligió únicamente a quince para ser rescatados por el Argus, una de las cuatro naves rezagadas, y para contar la historia del abandono oficial. A pesar del esfuerzo por mantener oculto el escándalo, el hervidero político en el que estaba sumida Francia canoniza en el retablo secular a los abandonados y escupe a la cara del gobernador y los oficiales. En 1819, cinco años antes de morir de tuberculosis espinal, Théodore Géricault completa su cuadro Le radeau de la Méduse. De entre todas las instancias que pudo haber elegido, Géricault descarta el carnaval y presenta a los náufragos al borde del rescate. Aún así, la imagen golpea y enmarca en un mismo espacio los pudores y las indignaciones: la burguesía palidecía ante el relato y se sonrojaba en la presentación del cuadro en el Salón Paris.

Friday, October 06, 2006

... aprovechando la poesía, les comparto un poema que me traje del olvido, escrito por un 'capo' de las letras de estas latitudes
CANTO DEL HOMBRE DE LA SELVA de Raúl Otero Reiche

Yo soy la selva indómita, la tempestad de aromas de la tierra insurgiendo en galopes de torrentes. Por mis venas sonoras fluye el perfume líquido del sol, padre del fuego. Mi pensamiento fulge en llamaradas de estrellas. Nací del parto de oro de la tormenta verde. No me falta ni el látigo del rayo, ni las riendas del viento, para ser el jinete de la aurora con mi poncho de nubes y la guitarra de cristal del río sobre los hombros anchos del infinito. Yo soy el que esperaban los jaguares manchados de luceros, los toros ígneos de crepúsculos, los caimanes de hierro, las palomas de seda, para la transfusión de sangres bárbaras. Yo soy el arquetipo de esta raza salvaje que quiso limitar el horizonte, pisar el borde mismo del planeta y con el cigarro entre los labios dejarse caer, dejarse arrebatar súbitamente por la inmensa cachuela del espacio. Hombre de la llanura sin fin, más larga que la vista, más amplia que mis brazos extendidos en una imploración de pueblos. La extensión se me escapa de las manos, rojas de palmear en el vacío para que nos escuchen los silencios. Tengo en los ojos los diamantes de nuestras minas de chiquitos, la cólquide oriental, la que da chonta para el arco y guayacán para la hoguera. Mi corazón es la colmena y mi cerebro el hormiguero. Vibran mis músculos de boa, se abren cantando mis arterias. Mis labios sangran en el grito de luz y aroma del clavel. Yo soy el hombre de la selva, perfume, cántico y amor, pero encendido de relámpagos, pero rugiendo de huracanes. Yo soy un río de pie.